miércoles, 25 de mayo de 2011

Nafissatou, Tristane, Piroska … y el silencio de Florence

Confieso que antes de leer a las feministas mis reflexiones sobre el silencio y lo que se calla no iban mucho más lejos de medio saber la letra de una canción interpretada por un par de hombres gringos hoy ya sesentones.


El tema del silencio permea como pocos el debate de las vulnerabilidades femeninas. Sufren calladas, no denuncian los abusos y agresiones, no tienen vocería política. La discusión del sesgo de género en el español –la o que excluye la a, él y ellos que las sacan a ellas de los textos legales- también se centra en lo que no se menciona y, por esa vía, deja de existir.

Florence Thomas no ha cesado de llamar la atención sobre esos silencios, según ella tan femeninos. "No hay duda, estamos aprendiendo a sospechar de la maternidad como realización suprema y única de la feminidad; a romper los silencios … Pronostico que pronto alguien astuto inventará una máquina distribuidora de silencios … Esta otra mitad de la humanidad, por cierto menos visible y más silenciosa que la mitad masculina". Obviamente, se remata, el silencio de las mujeres es impuesto. Precisamente contra ese atropello es indispensable dedicar esfuerzos, buscar antídotos. “Las propuestas de las mujeres siguen siendo silenciadas y subvaloradas. Romper este silencio tomará años y una real voluntad política”.

Uno pensaría que ante tamaña misión, los puntos históricos de quiebre en la situación de las mujeres, en Colombia o en el mundo, no deben pasar desapercibidos. Las oportunidades para no callar habría que aprovecharlas cuando se presentan. Y si un incidente se presta para resaltar aspectos cruciales de la lucha por los derechos femeninos, es apenas sensato agarrarlo a tiempo, para ilustrar las injusticias, debatirlas, e insistir que deben corregirse.

No exagero si anoto que, pase lo que pase en la negociación o el juicio que vienen, el caso que los fiscales de Nueva York han montado contra uno de los hombres más poderosos del planeta, Dominique Strauss-Khan, alias DSK, por presunto ataque sexual contra Nafissatou Diallo, una modesta inmigrante de origen africano, camarera del hotel donde se alojaba este Master of the Universe, es uno de esos momentos estelares de las luchas femeninas, uno de esos incidentes cruciales cuya frecuencia no se mide en años, ni en cuatrenios como la copa mundo o las olimpiadas, casi ni en décadas.


Sin las demás arandelas que le surgieron al supuesto intento de violación, con esa abismal disparidad de poder de las partes, el affaire DSK ya es un estudio de caso, digno de libro de texto. Aún no se sabe del todo si de un seminario sobre Sexo y Poder, algo como Conspiración, Espionaje y Relaciones Bilaterales o Los costos ocultos de la prohibición. De cualquier manera, sea cual sea el desenlace, ese sólo incidente, y el forcejeo legal posterior, concentra e ilustra como pocos las dificultades que a lo largo de la historia han tenido las mujeres para, a la hora de la acción judicial contra los ataques sexuales, convencer al mundo de que el "encuentro" no fue consensual, como de oficio sostiene el agresor. Parte del drama de Nafissatou cuando, según ha dicho, logró zafarse, habría sido precisamente el temor a que el escándalo y la denuncia perjudicaran su empleo. Estaba siempre la opción menos arriesgada del silencio, contra la cual, aparentemente, sus compañeros y las directivas del hotel jugaron un papel determinante.

El escándalo que se armó gracias a esta valerosa mujer que, así parece, no sólo empujó y se escapó, sino que relató después su versión de los hechos a sus patrones y a las autoridades, animó a Tristane Banon, una periodista francesa, a hacer público y con nombre propio el ataque que sufrió del mismo DSK, cuando buscó entrevistarlo en el año 2003, y él se le abalanzó como “un chimpancé en celo”. En su momento el asunto no pasó a mayores porque la madre de Tristane, Anne Mansouret, consejera del Partido Socialista, le recomendó guardar silencio para no estigmatizarse entre periodistas y políticos franceses. Ahora se arrepiente. Hubo además, razones familiares y de amistad. DSK era el papá de la mejor amiga de Tristane, y estuvo casado con su madrina. Al acoso, y al aún más complejo tema de las relaciones de los políticos con las periodistas, se le podrían ir colgando arandelas que rondan el abuso sexual, otro de los caballos de batalla del feminismo. Aurelie Filipetti, una diputada socialista, también recordó en estos días los avances “muy pesados, muy agresivos” que le hizo en el 2008 DSK. Desde entonces, “me las he arreglado para no quedarme sola con él en un sitio cerrado”.


Como si este menú de temas de relevancia y actualidad en la agenda feminista global no fueran suficientes, el presunto ataque en el Sofitel hizo recordar el romance de DSK con Piroska Nagy, una economista subordinada suya en el FMI. Así, y para esto ya no se depende del resultado de un juicio, se llega al espinoso tema del acoso sexual en el trabajo, uno de los silencios mejor guardados por las feministas no anglosajonas. En la investigación que se hizo de este romance, la Nagy declaró "yo no estaba preparada para los avances del director general del FMI. No sabía qué hacer ... sentía que malo si lo hacía, y malo si no lo hacía". Al dejar el trabajo declaró que sin duda su jefe había utilizado su posición para seducirla.

Al parecer, aunque ahora él lo
niega, el caso habría sido denunciado por el esposo de Piroska. Por el contrario, fue considerado un desliz de una noche por la poderosa y culta esposa de DSK. Otra carambola: la mujer a quien no le cuadra el pobrecita ni el qué ignorante pero que decide apoyar incondicionalmente a su macho, que bajo el peor escenario es un violador y en el más suave un infiel de pacotilla.

Nada de esto le pareció digno de comentarios a la feminista más visible del país.
 Ni siquiera se entusiasmó con uno de los pocos lados positivos del escándalo, la eventual sucesión de DSK por Christine Lagarde en el FMI -la mujer civilizada que reemplaza al macho depredador en uno de los centros mundiales del poder- que mandaría un mensaje inequívoco, a los de esa agencia y a todos los jefes del planeta, sobre las costumbres adecuadas al entorno laboral. En una entrevista en el 2010, esta francesa que vivió 25 años en los EEUU, había señalado que las mujeres "le inyectan menos líbido, menos testosterona" al entorno de trabajo.


Desde el día que estalló el escándalo, estuve pendiente de la reacción de Florence Thomas. El perfil de DSK es sencillamente espectacular para un debate jugoso: exprofesor universitario, socialista, político seductor, íntimo amigo del director de Le Monde y, encima, casado con una periodista. Nada que ver con las misteriosas mafias de traficantes que encajan tan bien en los estereotipos. Las reacciones contradictorias ante el caso confirman su interés. Tuve la esperanza de leer un informe especial: una página a favor y al frente otra en contra, desmenuzando todas las aristas del caso. Pensé que tendríamos el reporte de foros organizados en varias ciudades del país para debatir el incidente. Estuve ávido por oír noticias de marchas organizadas para romper a gritos los silencios milenarios, y rendir homenaje a esa mujer inmigrante, no afro descendiente sino africana a secas que, sea cual sea el desenlace, ya tumbó, ya volvió añicos y podría mandar a la cárcel, al patrón de una de las instituciones más poderosas del mundo. Y con el apoyo y la caja de resonancia de toda la prensa mundial.

Pues no. Florence no dijo nada. Ni esa semana, ni a la siguiente columna, dedicada a la democracia decente. ¿Qué o quién la hizo callar esta vez? Por favor, que alguien explique por qué esta implacable cancerbera del equilibrio de poder entre géneros, que no cesa de quejarse de la peste machista que aún nos agobia en Colombia, que con frecuencia la contrasta con lo chéveres y de vanguardia que son las cuestiones de pareja en Francia no agarró por los cuernos y en caliente este incidente que, solito, incorpora buena parte de la agenda de luchas del feminismo en el mundo. Tristemente y como Tristane, buscando perpetuar el silencio para luego quejarse, pasó de agache.

Este peculiar sentido de la oportunidad es tan absurdo como sería, acudiendo a un ejemplo hipotético bien varonil, un comentarista de fútbol pueblerino que para la final de la Copa Mundo en la que juega con altas posibilidades de ganar un pequeño equipo de alguna vereda tercermundista, decide dedicarle el programa, aislándose del resto de la prensa, radio y TV mundiales, a comentar la falta de cemento que ha impedido terminar la obra de la sede de la Federación Municipal de Balompié. Qué sigilo tan parroquial.

Créditos ilustraciones